Con todo lo que pasó en mi vida últimamente, esto ha sido lo que le llaman una montaña rusa de emociones.
Libre ¡por fin, sin miedo! Por fin en calma, por fin mía de nuevo (o eso pensaba).
Cansada también, sentía que había ido cargando tanto en mi espalda que el Pípila me quedaba corto.
Tenía incertidumbre por todo lo que venía después de la decisión de divorciarme.
Habían pasado 5 meses ya y yo seguía en un limbo tremendo en el que pasaban días y días y yo seguía en un bucle entre buenos, malos, terribles y los peores: los invisibles (esos que no tienes idea de en qué momento pasaron y se fueron sin pena ni gloria).
Últimamente me resuena muchísimo la analogía de sacar la cabeza del agua. Esa sensación de que estás a punto de terminar todo el aire que te queda y sales del agua a tomar un respiro forzado, doloroso y lleno de desesperación.
Hoy se cumplen seis meses de sacar la cabeza del agua casi a diario. Que tremendo describirlo así, seguro que quien sea que me viera andando por ahí con mucha sonrisa y soltura pensaría que me va perfecto. Y tendría razón. Me va bien, tengo tanto que enumerarlo sería pretencioso.
Aún así la sensación de la Barbie que se ve linda pero no trae ni un pinche accesorio incluido me seguía para todos lados. Esto de que la casa, la ropa, el Ken, los bebés, los accesorios de la profesión y hasta los amigos se venden por separado. Nombre, ¡hasta la cordura en estos días se vende por separado!.
Yo no sé qué haga la gente normalmente para pasar por esto, quiero pensar que simplemente siguen con sus vidas, siguen con el bucle, tal vez encuentran a alguien más, tal vez simplemente tienen tanto que resolver de urgencia que ni siquiera tienen el privilegio que tengo yo de parar a reflexionar en donde estoy pisando hoy.
Bien, pues yo decidí volver a viajar sola.
En todas las personas, creo yo, siempre hay ese algo en lo que podemos gastar y de alguna forma no sentimos que estamos gastando, pensaría por meses antes de comprar una nueva bolsa pero me tomo 30 minutos y una buena “oferta” decidir qué me iría de viaje por diez días a Reino Unido y Bélgica.
Desde que comencé a ver la serie de Outlander, hace un año tal vez, decidí que mi próximo viaje sería nórdico: bosques, montañas, acantilados, castillos y casitas como de cuento. Olor a maderas y whisky. Sonidos de gaitas a lo lejos y frío. Todo el frío necesario para calmar todos los incendios internos.
Entre caminos y camineros, tuve que iniciar con Cancún. Y digo tuve no porque haya sido obligado, sino porque hacer esta escala hacía el inicio del viaje más cómodo, la conexión más agradable y al final gastaría lo mismo y me ahorraría esa locura que ya alguna vez hice de pasar más de 24hrs seguidas entre vuelos y conexiones.

Uno de los aprendizajes más grandes de mi vida ha sido tomarme el tiempo necesario para TODO. Ir a prisa nunca le ha dejado nada bueno a nadie, obsérvenlo en su vida, cuando tienes prisa se te caen las cosas, olvidas algo, te pierdes de momentos que no vuelven, te comportas de forma grosera y la lista podría seguir. En mi caso tuve que cambiarlo porque la prisa hacía que siempre estuviera molesta, sobre todo porque pensaba que los demás no estaban respetando, cuando en realidad era yo que no estaba dando ese tiempo para existir en calma y comodidad.
Pase unos días hermosos en Cancún, estuve enferma por lo que pasé algún tiempo en consulta y no fui a la playa. El tiempo pasó entre restaurantes, cafés con la brisa marina flotando amablemente, sonidos de colgantes y pláticas relajadas de fondo.
Ya mas aliviada comencé la travesía en Londres. Viajar sola después de tanto tiempo necesitaba un lugar conocido donde aterrizar, algo que de alguna forma me diera una sensación de lugar conocido. Esta era mi tercera o cuarta vez visitando por lo que volvería a algunos de mis lugares favoritos y trataría de encontrar nuevos lugares para amar.

Así fue, volví a Borough Market. Con mi afición a la comida, a la cocina, los ingredientes y todo al rededor, Borough, es una delicia. Quesos, panes, comida callejera de todo el mundo, pubs, música, familias enteras comiendo, amigos disfrutando de vino y ostiones frescos. Productos de temporada, trufas, miel de lavanda, lateros con diseños hermosos y gente, mucha gente existiendo.
Hacer votos de silencio al rededor de tanta gente siempre ayuda a apagar los motores, creo que vamos a mil revoluciones siempre en nuestra mente y no hay mejor forma de bajar el volumen interno que guardar silencio y observar.
Me hospedé en Nothing Hill, la cursi en mi se acordó de aquella película tan linda de Julia Roberts y Hugh Grant con el mismo título. Y claro porque no quedarse en una casa angosta en medio de un tianguis, por Dios, alguien dígame que piense un poco más en no quedarme en este tipo de lugares en un futuro. Es risible porque juras que vas a ir a vivir todo eso lindo que sentiste al ver la película y por su puesto que lo único que realmente sucede es el ajetreo de una zona llena de gente pensando en vivir lo mismo que tú. En fin, aprendizaje para los siguientes viajes.

Visité uno de los edificios más grandes de Londres, el Horizon 22. Llevaba una gran falda naranja, plisada brillante y con un movimiento airoso que solo puede recordarme a aquel vestido que te ponías de niña donde te sentías de en sueño dando vueltas para ver los vuelos. Al parecer los demás también lo notaron, curiosamente me pidieron permiso para poder tomarme un video para las redes sociales de la torre y la niña con su vestido de vuelos volvió a hacer sus vueltas para mostrar lo hermoso que se ve al girar.

No se que fue más valioso para mí, si la vista del lugar o el acercamiento tan lindo de la chica que me notó. Seguramente lo segundo, por mucho.
Pasamos la vida intentando comprar momentos y lo único que necesitamos son más personas amables haciendo el día de los demás más bonito.
¿Alguna vez les dijeron que no? ¿alguna vez se quedaron pensando que debían haber creado algo, ido a algún lugar que nadie más iría o esta sensación no caber o encajar? Bueno, esta sensación se cura en un museo de arte contemporáneo.

El Tate Modern está loquísimo, o no. Frutas en rocas posicionadas en el piso. Telas colgadas en el techo, rasgadas con apariencia de ensangrentadas. Imágenes creadas con sombras, pinturas que me recuerdan a estos elefantes que enseñaron a pintar tomando el pincel con su trompa. Fotos de cosas, de gente, ¡fotos de fotos! Jaja.


Videos, posters, instrumentos, sonidos, fierros y cacharros viejos. Radios apilados y unidos tratando de gritar una sola voz. Pantallas digitales para hacer tu propio arte; y por si ver un montón de cosas extrañas siendo llamadas arte no fue suficiente, tus propias creaciones proyectadas y exhibidas.

Pero, ¿porqué esto cura? ¿Porqué el arte contemporáneo sana? Porque a todos nos dijeron que no tantas veces, que ver un sí ahí, tan claro, tan estridente, tan alto y tan fuerte, sana a ese niño que le dijeron que estaba mal rayar las paredes, sana a esa niña que jugaba con las sombras y las hacía parecer algo increíble, cura al loco que le dijeron que ser queer no iba a ser apreciado por nadie y ahora le da toda una sala para explicarle a todos cómo inició.

También me di una vuelta por Candem Town, este no deja de ser uno de mis lugares favoritos en el mundo. El canal es hermoso, la comida deliciosa. Pero las tiendas, las tiendas donde encuentras esas ropas de diseñadores emergentes que no verías en ningún otro lugar en el mundo (tal vez sí, pero me encanta el drama que decirlo así, agrega). Esos collares que nunca va a haber más de uno, piezas que se han vuelto parte de mi muy especial colección de joyas que solo tienen valor para mi.

Camine por el Hide Park y por el Regents Park. Nunca subestimo mi fascinación por los lugares abiertos, llenos de árboles, con olor a fresco, con el sonido de las aves y el disfrute del sonido de las hojas al pisar. Fácilmente podría destinar horas solo respirando y mirando la vida pasar. Y aquí, esta parte cura la prisa, la inmediatez, el esperar que haya pantallas, sonidos, personas y situaciones siempre distrayéndonos, siempre tomando nuestra atención y entregándola en mano a todos menos a nosotros y menos al ahora.

El último día en Londres fue algo drástico, nunca sabemos porqué pero hay cosas que van a suceder y nosotros tenemos que decidir hasta que punto dejamos que atraviesen la delgada capa de hacernos daño o se queden antes donde solo sean observadas por nosotros de cerca.
El día que salía para ir a Irlanda se incendió el aeropuerto de Londres Heathrow. Sin pérdidas de vidas gracias a Dios, pero con estragos que ocasionaron el cierre del aeropuerto por 24 horas.

Bien, yo decidí que esto sería algo que observaría desde afuera. Tal vez hasta me pase un poco de más, tanto que pensé que el vuelo había sido programado para el mismo día más tarde y al llegar al aeropuerto me di cuenta que la hora era correcta pero del día siguiente. Pase una noche un una habitación de hotel de esos cercanos al aeropuerto que no tienen alma, ni gracia, ni vida, pero que sirven al cansado viajero para el descanso y la premura.
Después de unos varios ajustes a mi itinerario partí a Irlanda, el amable host me ayudó cambiando una de las noches por lo que me ahorro un poco y pude ir a ver el segundo lugar en mi vida que me ha dejado sin palabras. Majestuoso, limpio, azul de agua y de cielo, fresco, con olor a mar y montaña, con el mejor sol y el mejor día que haya podido tener, Moher, se formaron hace 300 millones de años durante el período del Carbonífero Superior. Su nombre proviene de la palabra Mothar, que en gaélico antiguo significa «ruinas de un fuerte».
Este lugar te recuerda lo pequeño que eres, incluso antes se creía que éste era el fin del mundo. Sientes como el viento limpia cada una de tus células, como se va todo lo que ya no sirve en ti, el viento siempre es una gran forma de dejar ir, te enseña que eres aire, ¡que eres tan libre!, que puedes llegar a cualquier lugar y a la vez también estar presente.

La siguiente parada fue Galaway, si ustedes como yo vieron PS I love you, seguramente recordarán a la chica de Galaway y como es que ella se enamora perdidamente de un irlandés precioso en un pub. Hermoso lugar, aquí fui a recorrer el centro y entre un montón de restaurantes de fish and chips me fui a buscar algo más, era mi cumpleaños por lo que merecía una buena comida después de comer comida de súper todos los días.
Unas tapas deliciosas, el mejor jerez que haya probado y la introducción a mi vida del vino naranja, un nuevo sabor sea bienvenido a este paladar.

Por la noche regresé al centro de Irlanda y fui a recorrer la ciudad, debo decir que aún sentía una atadura, algo que no me dejaba moverme: la atadura del compromiso. Cuando te casas, la ceremonia y los votos son un ritual que tanto en lo físico como en lo espiritual te crea un compromiso moral que para mí fue muy importante y que sentía como un candado en mi, en mis acciones y en mi caminar.
Llegué al Temple Bar, el más famoso de los pubs de Irlanda. Gran lugar, gran música y yo aún atada.

De repente llega un chico y comienza a hablar conmigo, lo primero que noto es el gran parecido con mi ex esposo, me río y me vienen a la mente recuerdos del día que lo conocí. El hombre bastante atractivo, 1.80m de altura, corpulento y tan italiano como el anterior me dice lo linda que soy y comienza a hacer preguntas acerca de mi viaje. Le cuento un poco y hay una sola cosa que tengo grabada de esta conversación, cuando me dijo “you are a tough women”, o sea, una mujer fuerte. Esto lo dijo refiriéndose a que estaba viajando sola y a mi resilencia ante lo que había pasado. Y no lo valoro solo porque lo haya dicho él. Sino porque cuando me lo dijo, me lo recordó, me recordó lo fuerte, lo valiente y lo tenaz que soy. Me recordó todo lo que he pasado, lo difícil que ha sido y las garras y las fuerzas con las que he salido adelante.
Me invitó a ir a otro bar con él y sus amigos pero decline la oferta, el parecido con mi ex era demasiado y también debo decir que no me llegó ese feeling de que quisiera algo más de esa conexión, agradecí su amabilidad, la cerveza que me invitó y el abrazo por mi cumpleaños y lo dejé ir.
Al día siguiente tuve muy poco tiempo por lo que solo pude conocer la iglesia de San Patricio, le prendí una veladora a modo de petición, agradecí por estar en este viaje y me fui. Precioso lugar, me habría encantado poder dedicarle más de 15 minutos, pero fue todo lo que pude hacer entre los cambios de vuelos y el tiempo de conexiones.

Mi siguiente parada fue Edimburgo, ¡estaba helado!Pero eso no impidió que desde que llegué me enamorara de sus calles, de sus construcciones, de sus parques y bosques y de cada paso que daba.

Llegué, cambié mis zapatos y salí a recorrer sus calles, por el incendio en Londres Heathrow solo logré llegar un día, ¡pero que día!.
Calles adoquinadas, casitas como de cuento, un olor a bosque delicioso y un castillo que te hace pensar que estás viviendo otra época.

Recorrí con especial disfrute cada parte que pude, amé la mezcla entre lo medieval y lo actual, la mezcla del tiempo, como si estuviera pasando todo a la vez, ves pasar fantasmas de tiempos antiguos y a la vez entiendes que el futuro ha llegado para combinarse entre ellos.
Fui a cenar, gran cena. Un restaurante italiano pequeño con una carta sencilla y amable. Una pasta fresca al olio que si vas a un buen italiano siempre debe ser la mejor, buenos ingredientes y la cocción perfecta hacen el trabajo de darte la experiencia perfecta sin tanta elaboración. Una grappa que hace tanto que no probaba y una ensalada deliciosa.

Una de las cosas que te pasan cuando vives con violencia es que encuentras miedos que no tenías, te da miedo pensar, salir, hacer o no hacer, sientes que cualquier cosa puede salir mal y empiezas a acumular dolor de tanto miedo.
Viajar cura el miedo a salir, al ser un lugar nuevo, tu cuerpo no recuerda haber sentido miedo ahí, por lo que solo si te encuentras en peligro volverías a desarrollar este sentimiento.
Durante la cena pedí a la mesera que me recomendara algo tranquilo, un lugar para tomar una copa que no fuera como la locura del Temple bar del día anterior en Irlanda. Me recomendó un bar de Jazz. Hay sonidos que limpian tu energía, en mi caso el Jazz es uno de esos sonidos que en conjunto lo logra, una banda grande de más de veinte personas, un gran ambiente y mucha gente con ganas de pasarlo bien. Gran aportación y un descanso a la mente que aún seguía corriendo revoluciones innecesarias.

Tocaba el tiempo de mi coco, ese lugar en el que había pasado un peligro enorme, donde casi perdía mi vuelo hace 10 años, donde me sentí impotente ante la limitación del idioma y del que finalmente sobreviví. Ahora tocaba el turno de Bruselas.
Llegué con miedo, asustada , pensando en que todos me veían extraño y con una sensación de querer escapar, estar alerta y traer todas las alarmas encendidas.
El hospedaje que sería un cuarto en una casa compartida resultó ser para mi sola debido a un viaje repentino del host. Me sentía aliviada de no tener que compartir y al mismo tiempo con miedo e incertidumbre.

Lo primero que hice fue llamar a mis papás , que aunque en todos los demás lugares siempre les había mantenido en comunicación, esta vez más que compartir era como un respiro contarles que había sobrevivido al traslado.
El primer día fui a caminar, la ubicación del hospedaje daba para ir caminando a cualquier parte del centro tranquilamente, mi primera sorpresa fue lo hermoso que es el Gran Place, fachadas como castillos con acentos dorados, cafés bares y restaurantes al rededor, gente de todo el mundo y las callecitas adoquinadas tan comunes en Europa.

Y todo comenzó a fluir, pase a comer algo, no la mejor comida pero si una gran sonrisa y amabilidad. Una firma y listo.
Cansada un poco del vuelo decidí que era hora de ir a comprar algo al súper y volver a dormir. ¿Alguna vez han llorado en el súper? Bien, yo sí. Cuando viví un tiempo en Paris mis recursos eran bastante limitados, comer en un restaurante era casi imposible, beber una cerveza era un lujo y hacer compras no estaba ni siquiera en la lista.
Todo lo que compraba o comía era comida de súper , sencilla pero deliciosa. Bueno, al Bruselas tener una parte de influencia francesa su súper tenía muchos de esos productos que alguna vez fueron mi canasta básica de alimentación y al verlos me salió una lágrima de nostalgia por los viejos tiempos.
Hice mis compras y seguí caminando un poco sin rumbo y otro poco en dirección al hospedaje, sentí que una cerveza o cidra no estaría mal así que pasé por una tiendita y compré una de manzana y otra de frambuesa, algo dulces para mi, pero en México no hay muchas opciones de cidra así que probé todas las que pude en el viaje.
Cuando recién entré había un chico bastante amistoso sonriendo al vendedor y platicando con él como si fueran amigos de toda la vida. Al salir creo que cruzamos miradas, pagué y guardé mis cidras y al salir lo encontré afuera, volví a sonreír y preguntó de dónde venía con un inglés algo roto pero la sonrisa y los gestos le ayudaban bastante.
-de México, dije.
Y empezamos a hablar, español, portugués y algo de inglés, señas si era necesario. Pasaron unos minutos y ya estaba decidido, no tenía que volver tan pronto al hospedaje y me sentí cómoda como para ir con el a caminar a la plaza principal acompañada de el dulce Brasileiro.

Hablamos de su viaje, del mío, de nuestras vidas y de lo agradable de coincidir. Conocí a sus amigos y compartimos la cena, brindamos por el gusto de conocernos y seguimos acumulando horas y pláticas.
¿Qué tendrán los Brasileños que te reinician la vida, te dan batería de felicidad y te entregan en mano bonanza y paz? No se que sea, pero larga vida a quien hace más ameno el camino, más ligera la carga y más feliz la vida de otros.
Al día siguiente fui a Brujas, que ya corregido y aumentado resulta que se pronuncia brulleh que significa puente y nada tiene que ver con lo otro.

Este lugar, y su lago del amor, es la definición de paz. Camine por todas sus calles, recorrí los canales, comí delicioso en un restaurante Belga y sobretodo vi la vida pasar en ese lago.
Hay que detenerse para poder ir más lejos, hay que respirar y hacer pausa para entender dónde estamos, esas pausas hacen toda la diferencia entre vivir y pasar los días en blanco. Aquí se detuvo el tiempo, se pararon los relojes, se reinició la vida y se volvieron a conectar todos mis sistemas, a anclarse de nuevo a la tierra, al yo, al presente , al universo, se recalibró la brújula.

El lugar donde me quedé tenía magia, hay lugares que son magia, que son cortes de temporada, que son cierres e inicios y uno los reconoce porque tienes la nostalgia de lo que se queda y se termina y la emoción de lo que viene adelante.

Bellas obras de arte pintadas por el mismo dueño de la casa, decoración única y una vista preciosa hacia la plaza del cantante lo hicieron maravilloso e irrepetible.
El día siguiente, mi último día ya en Bruselas camine 20 kilómetros de ciudad, conocí plazas, jardines, y el museo de arte moderno donde pasé horas admirando la belleza de sus obras.

Me enamoré de Bruselas, me llenó de memorias, de encanto, de nuevos bríos, de historias y pasos recorridos en una ciudad vibrante, llena de luz, arte, música, cosmopolita y divertida.
Cierro este viaje en paz, en calma en todos sentidos, completamente agradecida con la vida por haber tenido unos días preciosos, llenos de introspección, de alegría y disfrute en todos sentidos.
Vuelvo lista, pero sobre todo vuelvo libre. ¡Por fin libre! (O eso creo)
Continuará…
Deja un comentario